Calle
Un tren pasa sin detenerse y a toda velocidad por la estación. Todo el mundo mira sorprendido, miran desde atrás el último vagón alejarse tan rápido como se pueda imaginar.
Un señor mayor dice: -”Nunca en mi vida pasar un tren así de rápido. Nunca pasan así de rápido, las vías no aguantan esa velocidad”.
Y me dejó pensando en que en los tiempos que corren, el tiempo corre y nosotros, la juventud, somos testigos prematuros de cosas que gente grande, gente de una vida vivida, gente nacida en las primeras décadas del siglo pasado, jamás vio o presenció. Y es loco pensar que yo de 23 años y ese señor de entre 70 y 80 hayamos presenciado por primera vez algo tan impactante (realmente lo fue) y extraorinario (literalmente, háblese de lo que se halla fuera de lo común) y nos haya causado una misma sensación, exceptuando el detalle que a mis 23 no me sorprende tanto y él a sus 70ypico no podía creer lo que por primera vez había presenciado.
Subo al tren. Una mujer con una musculosa y la espalda descubierta tiene una marca, vieja, una cicatriz, pero redonda. Como si se hubiera o le hubiesen clavado algo, como si fuera una herida de bala.
A la izquierda una señora dormitaba parada, agobiada por el calor, pero tenía los ojos entreabiertos pero su pupila no se veía.
Más allá, sentado un hombre durmiendo con la cabeza hacia arriba y la boca semi-abierta.
A su lado, un hombre de unos 35 años ciego, con un bastón blanco. Es gordo, con pelo largo hasta los hombros, castaño y con ondulaciones. Todo el mundo está un poco transpirado por el calor. Éste hombre mueve sus labios como cantando en silencio.
En frente de él una mujer con un escote pronunciado y la marca de la maya a la vista de alguna tomada de sol en estos días.
Cuando llega a la siguiente estación veo un viejo conocido de madre subir al mismo vagón, sólo lo veo.
Llegando a Retiro una chica, joven ella, de unos 22 pasa al vagón donde estoy parado. Tiene un vestido verde, de esos cortos de verano. Castaña oscura, pelo lacio, ojos claros; mira una publicidad gráfica del interior del tren -casi de forma analítica-. Mira. Miro. Se intimida. Está apurada por bajar. Es de esas mujeres que anda con claridad. Con un aura que mezcla belleza e inocencia y te transmite eso y sólo eso.
A su alrededor, una chica un poco más grande, con un vestido de verano blanco y con flores, tez morena y ojos claros, no tiene claridad, ella es atractiva y el calor le sienta bien. Al lado de ella un hombre de rasgos aborígenes, barba negra de unos días, pelo largo y negro, jean negro, camisa blanca desabrochada y un rosario colgando del cuello. Agita su camisa desde el último botón abrochado cerca del medio de su pecho y así intenta airearse, el calor lo tiene mal.
Frente a la plaza San Martín veo las fotos de Luis Abadi y su Proyecto Yeca.
Estoy de pantalones cortos, remera, all stars y mi mochila, camino hacia calle Florida y ya los primeros comercios con puerta abierta hacen corrientes de aire (a unos 15ºC) algo así como dos metros hacia afuera y al pasar siento el aire frío en las piernas. Por un instante, un segundo nada más, refresca.
Doblo por calle Florida, en una esquina de esas complicadas donde la gente cruza y los autos y bondis también, un viejo pasa cartones de una bolsa de residuos a otra pero con una lentitud admirable, casi en cámara lenta, eran unas diez bolsas negras a su alrededor y él inclinado hacia adelante y mientras todos pasaban rápido por delante y por detrás, sacaba un poco de cartón de una y lo ponía en la que sostenía con la otra mano.
Llegando a Harrod’s un hombre en silla de ruedas toca el violín, un poco más allá la pareja de tango descansa del calor, metros más allá un hombre muy obeso sin extremidades inferiores pide monedas en el medio de la peatonal.
A la vuelta un flaco está con una chica muy linda, ella, clasica y bonita, él flaco, bronceado en su totalidad, castaño oscuro, pelo corto, gel, camisa abierta, hablador, casi casi que un banana. Habla por celular. Luego de charlar, en un momento pasa su brazo por detrás de la chica. Empiezan a juguetear. Debe ser el primer beso que le da. Ella al rato empieza a no darle mucha pelota. Él sigue hablando y mirando hacia el costado como pensando, “¿de qué hablo ahora?“, cuando algo se le ocurre vuelve su cabeza y ella corta seca con pocas palabras y el pibe otra vez corre la cabeza, juega con las manos, los brazos, en un momento lleva su mano derecha hacia su hombro derecho con el codo mirando al cielo, se da cuenta que está transpirado, se toca, y se huele. La chica sigue a su lado. Quiere no mirar creo.
Al rato me subo a un colectivo nuevo, bien nuevo. Una unidad recientemente adquirida, con pocos recorridos en su haber. Tiene olor a nuevo, el plástico, los asientos, los pisos, las ventanas, el techo, incluso hasta el andar es más confortable. Nunca me había subido a un colectivo con olor a nuevo.
Calle.
Groso blog paco!!!! muy copado, ahora lo voy a seguir leyendo.
Exitos!!!
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